Escribir puede ser un viaje hacia el centro de uno mismo. Un despellejarse y ofrecerse en carne viva. Una forma de liberación. Esa liberación que nos hace esclavos de la libertad, porque ya no es posible concebir otra forma. Escribir puede ser santo, muerte, vísceras, sangre, confesión, locura, demonios, eternidad. Escribir puede romper las reglas de las estructuras y atravesar el tiempo si tenemos el ímpetu y la valentía. O puede ser nada más que un epitafio.









miércoles, 30 de noviembre de 2011

Sin palabras

Quiero pensar que no soy yo cuando escribo. Pensar que tal vez un día lejano vuelva con todas sus latitudes enfermas a socorrerme. A ofrecerme una imagen, un detonante de historias explotando en mi cabeza. Quiero creer que no soy yo la que piensa. Que si me dejo llevar por el duende todo se desarrollará en algún sentido y con él. Quiero desear que no soy yo la que cree. Que si piso el sendero del talento fluirán en mi cabeza todo un sinfín de tonalidades y formas que se traducirán en palabras. Pero mis manos me habitan hoy. Y no se si piensan, creen y desean por si mismas. En ese estado se me ocurre suponer que vendrá mañana un destino prefijado de habilidades. Pero no. No consigo morder un mísero verbo ni delinear una insignificante coma. El pecho late al ritmo habitual. La mirada se clava en cualquier punto, sin siquiera absorber las líneas firmes de un horizonte de palabras casi huecas.
Toso, me acomodo el pelo, tomo agua. Me voy a dormir sin lograrlo.

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