Escribir puede ser un viaje hacia el centro de uno mismo. Un despellejarse y ofrecerse en carne viva. Una forma de liberación. Esa liberación que nos hace esclavos de la libertad, porque ya no es posible concebir otra forma. Escribir puede ser santo, muerte, vísceras, sangre, confesión, locura, demonios, eternidad. Escribir puede romper las reglas de las estructuras y atravesar el tiempo si tenemos el ímpetu y la valentía. O puede ser nada más que un epitafio.









miércoles, 30 de noviembre de 2011

Extravío

Otra vez el dolor en la boca del estómago. Reaparece cuando menos se lo espera. Cuesta identificar la sensación, pero sé perfectamente que es “miedo”.
La respiración entrecortada, haciéndose profunda solo por momentos. La mirada que se proyecta más allá de lo estrictamente visible. La mirada que se pierde en lo que no puede asirse, y se vuelve consciente nuevamente solo cuando un sacudón nos obliga a ejecutar un acto concreto, como por ejemplo captar la imagen de un hombre que cruza la calle con una inclinación que solo le permite ver sus pies, para no atropellarlo. El hombre cruza sin mirar. Cruza estudiando sus propios pies. Cruza sin ver hacia adelante. Pero sabe exactamente dónde va. Freno y registro el momento, pero mis pies funcionan con cierta ajenidad a mi voluntad e intención. Sin embargo responden.
Todo está bien, me digo. Es sólo una confusión. No es posible que no identifique el camino, que nuevamente retroceda para reconocer los indicadores, ver señales, encontrar más datos que acompañen un tránsito sereno y seguro, y que al retomar mi andar desconozca cada uno de los lugares atravesados. O supuestamente atravesados. Todo está bien, me repito. Esta vez para convencerme.
Observo cada una de las casas, cada edificio, cada calle. Nada me resulta familiar y sin embargo, ese siempre ha sido el camino. El mismo que recorrí unas horas atrás en sentido contrario. Ni siquiera mis ojos se constituyen en garantía de mi percepción. Ni siquiera mis oídos pueden confirmar la canción del paisaje. Estoy a ciegas. La puerta que se cerró detrás de mí al salir puede que ya no esté o no sea la misma. Entonces volver no tendría significado, ya que tal vez ni siquiera consiga abrir mi propia casa. Todo se modificó cualitativamente, o mis ojos y mi cerebro han establecido un código erróneo de vinculación entre sí y ya nada es lo que parece. O parecía.
Serge me espera. Hace tiempo habíamos planeado el viaje, organizado nuestras vidas y ahorrado el dinero necesario. Pretendíamos ampliar el margen de cambios inesperados o de sitios que agregamos al circuito previsto. Serge me espera, pero no tengo manera de hacerle saber que no encuentro el camino. Que si lo sabía, o bien ya no puedo reconocerlo o algo extraño y confuso se ha presentado en las dimensiones habituales y ha dislocado la materia, tan sutilmente como para no perder entidad. Las cosas siguen siendo las mismas pero diferentes. Ya no distingo.
Vuelvo a retroceder, un poco más, para encontrar un punto anterior, algo que me indique que un desvío que ignoré por distracción en un momento del camino hizo que pierda orientación y entremezcle los puntos cardinales. Pero no, por más que retroceda solo encuentro un nuevo paisaje. Tal vez algún indicio suelto pero en un marco desconocido. Esa bocacalle me es familiar, sí, había una ochava con ladrillos a la vista y sin ninguna ventana, estoy segura. Pero no recuerdo haber visto dos camiones estacionados en frente. No estaban ahí, y no llovía. Descubro que no sólo es el camino, el espacio. También el clima se ha modificado. O estoy tan lejos de donde debería, que es razonable la diferencia. La lluvia es torrencial y una sensación desagradable de humedad y frío se me adosa a la espalda.
Es tarde, está oscuro y no hay gente en las calles, nadie a quien preguntarle. La última persona a la que interrogué no conocía ninguna ruta.
Ya no puedo seguir hacia atrás. Tengo la sensación de alejarme cada vez más de mi objetivo solo porque no atino al camino seguro. Tengo que volver a la ruta. Tengo que arriesgar con mi propia intuición como brújula.
Como era de esperar, el camino desandado que retomo ya se ha modificado, por lo que, entonces, no sé si estoy retomándolo o iniciando un nuevo viaje. El miedo vuelve a hacerse presente, pero ya no me paraliza. Me pone en guardia, me alerta de peligros.
Empiezo a padecer una profunda incapacidad para adaptarme a tantos cambios. Necesito alguna certeza, aunque se que es imposible. Tal vez yo. Tal vez encontrarme con mi propia imagen me devuelva un punto verdadero.
A través del limpiaparabrisas distingo la luz de una estación de servicio. Estaciono sin cargar combustible. Mi único objetivo allí es encontrar los sanitarios, pero siempre me asiste el temor de que al salir ya no reconozca mi auto y quede inmovilizada en ese lugar. El espejo retrovisor se presenta como alternativa para el encuentro. Todo se acelera en mi cabeza. Empiezo a especular sobre la posibilidad de que no reconozca mi cara. Tengo que hacerlo, me dije. Y me miré.
Una mezcla de alivio y desconcierto confundieron mi memoria. Reconocía ese rostro como parte de mí, pero no era exactamente el mío. Y al no resultarme ajeno volvía cierta sensación de normalidad. Pero el saber concientemente que no lo era, me inducía a dudar de mi equilibrio psíquico.
Decidí probar otra alternativa, la de considerar únicamente los datos objetivos, es decir, guiarme concretamente por un itinerario escrito, preguntando paso a paso y verificando en los lugares públicos que encontrara disponibles. Llegué a una ciudad que se suponía la mía y a un domicilio que se suponía era la casa de Serge. Toqué el timbre, un hombre de mediana edad, calvo y amable, me habló en un idioma extraño, abrazándome suavemente. No logré articular una sola palabra que pudiera explicar mi situación. Mi boca se abría con fuerza y mi garganta se estrechaba, mientras intentaba que el aire exhalado produjera algún sonido. Era inútil. Apenas un leve gemido simplificaba toda mi desesperación.
Cuando logré cierta calma y por fin pude expresarme, cuando mis palabras lograron salir de mi boca, ya no pude reconocerlas.

No hay comentarios:

Publicar un comentario