Escribir puede ser un viaje hacia el centro de uno mismo. Un despellejarse y ofrecerse en carne viva. Una forma de liberación. Esa liberación que nos hace esclavos de la libertad, porque ya no es posible concebir otra forma. Escribir puede ser santo, muerte, vísceras, sangre, confesión, locura, demonios, eternidad. Escribir puede romper las reglas de las estructuras y atravesar el tiempo si tenemos el ímpetu y la valentía. O puede ser nada más que un epitafio.









miércoles, 30 de noviembre de 2011

El sueño del lobo


Anoche tuve un sueño extraño. Vi un lobo corriendo por la selva, solo, cazando y defendiéndose de los peligros que lo acechaban con fuerza y coraje. A veces se encontraba con otros de su especie y cazaban juntos, pero cada vez que se unía a algún grupo perdía el pelo y su aliento cambiaba. Se debilitaba y sus huesos comenzaban a crugir. Los demás esperaban que caminara a su ritmo, le exigían cazar a su estilo, comer las sobras, no salirse del territorio, ajustarse a las normas del clan. Al poco tiempo el lobo empezaba a perder también el olfato y su instinto hasta que, poco después, dejaba de reconocerse. Allí comenzaba la pelea. Al no reconocerse a sí mismo dejaba de reconocer a los demás lobos como pares y los atacaba. Ellos no entendían y el lobo no sabía qué sucedía. A veces lo dejaban seguir con ellos, porque era buen cazador, hacían algunas concesiones y hasta le proponían que fuera quien estuviera al frente. Pero aún así seguía sin reconocerlos y partía solitario a recorrer otros caminos.
Una noche, luego de fuertes tormentas, de una búsqueda incesante de reparo, cayó rendido a dormir en un descampado. Cuando despertó, aún de noche, estaba rodeado de un grupo de lobos que no había visto antes. Se sacudió sobresaltado y pensó en huir nuevamente. Algunos dieron algunos rodeos como invitándolo a acercarse. Ninguno dormía. Había una loba amamantando a su cría, mientras otros devoraban un animal cazado durante el día y le acercaba algunos trozos de la presa. Un pequeño grupo se bañaba en una laguna y el resto correteaba con los más jóvenes ejercitándolos para la cacería del día siguiente. En un momento el grupo que se alimentaba se alejó del banquete para dejarlo comer. Vieron que estaba hambriento y siempre había para todos. El lobo no dudó en devorar algunas partes y apenas recuperó fuerzas pensó en marcharse a seguir su camino. Pero cuando levantó la cabeza se dio cuenta que el resto, muy quieto, lo observaba. Descubrió que su pelaje estaba intacto y reconoció el olor del conjunto. Dio unas vueltas inquieto mientras el resto esperaba. Casi como un impulso dio media vuelta para internarse en la selva nuevamente sin saber hacia donde. Se detuvo un momento para observarlos y descubrió la luna reflejarse en sus miradas. Cada uno de ellos le devolvía una parte de la imagen de a si mismo, y supo allí que esa era su manada.
Cuando desperté de aquél sueño me levanté de la litera y miré por el ojo de buey. Vi la costa alejarse lentamente. El viaje comenzaba con buen presagio.

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